jueves, enero 16, 2014

El primero que se enfade, pierde


Los estados democráticos modernos nacen para reducir la violencia intragrupo. Tienen tribunales y juzgados para mediar en los conflictos entre particulares, empresas y entre estos y el Estado además de mecanismos formales o informales para resolver disputas entre etnias, religiones, etc. Cada X tiempo se invita a los ciudadanos a delegar sus decisiones y aspiraciones sobre el lugar en que viven en unos representantes que luego hacen lo que les sale del nabo deciden con base en las preferencias de sus votantes sobre cuestiones organizativas y sociales a nivel nacional, regional o local. No es un sistema perfecto, pero ha demostrado no ser peor que las alternativas que ha habido hasta el momento, al menos en lo que a evitar que nos matemos por cuestiones de lindes se refiere. Además, para garantizar que todo esto no se va de madre, el estado se arroga los ciudadanos delegan en el estado el monopolio de la violencia. Nos comprometemos a no resolver, por ejemplo, la preferencia en un cruce, a golpe de machete sino con normas socialmente aceptadas, semáforos o en última instancia la mediación de la autoridad del estado o sus agentes. Grosso modo ese es el famoso contrato social que a todos los ciudadanos de países libres nos han hecho firmar, aunque yo no recuerde haberlo hecho.

Resolución de conflictos comerciales en un sistema republicano


Además, a todos nos han enseñado en el colegio, en la tele, en los dibujos animados y demás lo socialmente útil y moralmente superior que es la no violencia. Idolatramos a gente como Gandhi, Martin Luther King Jr., Nelson Mandela o iconos religiosos como Jesucristo o Siddharta Gautama. Dejando de lado cómo acabo la mitad de esta lista (Gandhi, Martin Luther King y muchos otros defensores de la no violencia como Malcolm X no murieron de viejos precisamente) se los pone como ejemplos de cómo lograr cosas sin recurrir a la violencia y logrando soluciones dialogadas y pacíficas, además de moralmente superiores, haciendo a los demás ver su error y persuadiéndolos. Y sinceramente, todo eso suena muy bonito, como bonito sería volar en nuestro pegaso con cuerno de queratina (o unicornio alado) hacia el arcoíris y más allá, pero como norma general me parece una chorrada del tamaño de Júpiter. Me explico.

No voy a entrar en los iconos religiosos antes mencionados que, de ser cierto lo que cuentan sus respectivas biografías autorizadas, lograron más bien poco o ningún cambio terrenal en sus respectivas épocas, y sólo lograron ser relevantes en términos históricos tras ser reinterpretados y adaptados a conveniencia del poder que las adoptó. Nótese que la religión que más rápido se ha expandido de toda la historia, y que en vida de su fundador provocó cambios sociales y organizativos, no tiene a su fundador en la lista de personas virtuosamente pacíficas. Más bien expandió su religión a golpe de alfanje y fuego.

La resolución de conflictos dentro de un colectivo es relativamente distinta de la resolución de conflictos entre grupos. Entre grupos distintos (estados, tribus, grupos de gorilas, ultras de equipos de fútbol…) se dan dos casos: competición por recursos escasos o menguantes per capita, en la cual la guerra suele ser la estrategia óptima o competición por recursos crecientes, en la cual la estrategia óptima es la paz y la negociación. El primer caso podría ejemplificarse con dos familias compartiendo un valle. Ambas familias se lían a tener hijos y en un año de sequía se encuentran con un déficit de comida o, en montorés, con hijos y sobrinos por encima de sus posibilidades. La estrategia óptima y que sigue casi cualquier animal mínimamente social y territorial es quitarle el bancal al vecino para alimentar a tu grupo. Y si se puede saquear su granero, pues tampoco pasa nada. Eso viene a ser la historia de la humanidad hasta la revolución industrial, más o menos. El segundo caso vendría a ser el mundo desde hace unos 30-40 años, en el que quitando de las aventuras de la invicta US ARMY (¿?), los conflictos entre estados se pueden contar con los dedos de las manos (Balcanes, Etiopía, Osetia, Malvinas, los conflictos postcoloniales de Indochina y poco más) Este no es un buen marco para analizar un conflicto social porque si haces una sentada delante de un tanque enemigo te chafa, has perdido y punto. All your base are belong to us. Game over.

La mejor arma contra las divisiones acorazadas son los aplausos silenciosos.



Cualquier movimiento social que pretenda cambiar el statu quo, además de un objetivo claro, definido y compartido por el mayor número posible de personas de su comunidad (independencia de la India, independencia de Irlanda, los derechos civiles y fin de la segregación en USA, la descolonización y democratización de Hawaii, tener calefacción en las aulas, deponer a un gobernante, parar la construcción de un bulevar al que nadie ve utilidad real, etc.), lo cual excluye de manera fulminante al movimiento hippie, mayo del 68, el 15M-Occupy, yo soy 132 y demás, debe tener necesariamente algo con lo que negociar. Llámese negociar con el gobierno, presionar a los legisladores o directamente ser califa en lugar del califa (la revolución islámica de Irán, por ejemplo), pero ha de tener algo que ofrecer a cambio de sus propuestas.

Pensemos que un gobierno, sea o no representativo, es un agregado de intereses varios, sean estos militares, empresariales, de partido, de las élites definidas como se quiera o de una mayoría o minoría demográfica (blancos en Estados Unidos y Sudáfrica respectivamente, por ejemplo). Ese gobierno tendrá, por tanto, sus propios intereses sociales, personales y económicos que generalmente estarán mejor preservados –o eso piensan ellos- en tanto en cuanto se mantenga el statu quo. Asumiendo que nadie es tan imbécil de hacerse daño a sí mismo y a los suyos o de cargarse todo su estilo de vida y cambiarlo por uno peor porque se lo pidan con un megáfono en una asamblea, si se quiere negociar hay que poner algo con suficiente peso para mover todo ese conglomerado de intereses e inercias. El principio básico de toda negociación es que dos no negocian si uno no quiere o no tiene nada que ofrecer. Ese algo puede ser desde más ganancias futuras para una parte de los gobernantes –ver empresarios deseosos de entrar en la Unión Europea durante la transición española para ganar nuevos mercados-, a evitar acabar colgado, quemado y linchado en la plaza pública si el actual gobierno no sale por patas del país inmediatamente (ver Shah de Persia, Nicola Ceaucescu, Gadafi et al), pasando por acabar huelgas, desactivar protestas y cualquier otra actividad lesiva para la coalición gobernante. En economistaní sería dejar bien clara la matriz de pagos a un dirigente en función de sus acciones futuras. Si no aceptas lo que te pedimos, te cae un menos infinito de pérdidas. Si aceptas, a lo mejor te sale algo mejor. Para poder llegar a alguna parte, la amenaza de daño ha de ser superior a lo que vaya a perder la coalición gobernante si acepta las condiciones propuestas. Claro que los gobernantes también juegan a eso amenazando o dejando sueltos a sus violentos profesionales con placa y pistola o, en última instancia, el kraken los tanques.

Y así, volvemos a la no-violencia como arma. La no violencia es la zanahoria de la negociación. Gandhi y compañía ofrecían una alternativa a grupos terroristas y al Ejército Nacional Indio que en la práctica resultaban imposibles de combatir por parte del maltrecho ejército colonial británico y de sostener por parte de las finanzas post II Guerra Mundial. Cuando intentó usar la no violencia sin la amenaza de la misma (contra la separación de Pakistán e India) ya no le fue tan bien ni convenciendo ni logrando nada. Durante los años 60 en Estados Unidos hubo disputas raciales violentas de manera más o menos constante, además de muchas huelgas en industrias con mano de obra negra –en Hawaii asiática durante el movimiento democrático entre los años 40 y 60- que causaban daño económico a las clases acomodadas blancas. Entre los disturbios, los daños económicos y el miedo de la población blanca hacia los negros (miedo que persiste en la cultura pop gringa, con referencias constantes a cambiarse de acera si te cruzas con un negro de noche, películas con estereotipos raciales evidentes etc.), alguien capaz de llevar a casi un cuarto de millón de personas sin apenas derechos(negras en su mayoría) a la capital del país y que no haya derramamiento de sangre te está ofreciendo una alternativa al palo que te estás llevando a base de huelgas y disturbios, y a la vez enseñándote un garrote inmenso y con clavos. No entremos ya en gente de pasado violento, líderes políticos y morales de un grupo que sabe lo que es poner bombas y representa potencialmente al 80% de tu país y te dice que quiere negociar de manera pacífica sin dejar de recordarte que tu país es un polvorín. Y sí, hablo de Mandela. O de movimientos que en última instancia llevaron al papado a gente como Juan Pablo II, “patrón de la no violencia”, que también ejercían violencia definida de manera amplia, es decir, violencia económica. Solidaridad montaba unas huelgas y protestas cojonudas.

Comed paloma bomba, comunistas.



Y ahora una reflexión retórica: ¿Qué tiene que ofrecer como elemento negociador un grupo de gente sentada con las manos levantadas diciendo Estas-son (pausa para respirar) Nuestras-armas?¿Una derrota moral, sea lo que sea eso?¿Un bombardeo de excrementos rosas del séptimo escuadrón de unicornios voladores? Sólo hay que ir a la Wikipedia y ver, de la lista de movimientos que usaron como arma principal la no violencia, los que han triunfado. Excepto casos muy puntuales de protestas no antigubernamentales que como mucho consiguen victorias pírricas, todos los que lograron algo tenían un objetivo claro y unos bíceps enormes detrás de esas manos abiertas o eran una alternativa para aglutinar a la gente en situaciones de violencia incipiente o directamente descontrolada. A mucha menor escala, tras los disturbios en Gamonal el ayuntamiento se ha sentado a negociar las asociaciones que se oponían a la obra. Cosa que por otra parte debería ser trabajo de los concejales, que para eso los elegimos, pero esa es otra historia.

La violencia per se no legitima ni deslegitima una reclamación popular, sobre todo porque la violencia definida de manera amplia, o la amenaza creíble de la misma, es casi la única herramienta negociadora que tiene un colectivo que no puede encauzar sus propuestas en su marco institucional. En esa situación, una reclamación, por más noble que ésta pretenda ser, es tan fútil como la violencia sin objetivo. De hecho, la forma con la que el estado mantiene el sistema es con la amenaza de mucha más violencia, que para algo se ha arrogado Dios le ha concedido el monopolio de la violencia.

Un estado democrático lo que intenta es evitar que esta violencia se descontrole dando una herramienta no violenta: cuando una propuesta tiene una base social suficiente, los representantes saben que si no la respaldan pueden acabar en la cola del paro.

Dos no negocian si uno no tiene nada que ofrecer. Y sí, cesar hostilidades es algo que ofrecer.

Esto no tiene vocación científica alguna, son divagaciones de un becario hambriento y que en breve estará en paro que nacen de una conversación en Facebook con el señor Portrait sobre si la violencia hace ganar o perder legitimidad a una protesta.

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