domingo, abril 28, 2013

Vacunas a prueba de antivacunas

Andaba nadando en bilis esta tarde al leer sobre el brote de sarampión que han ayudado a extender en Gales un grupo de antivacunas subnormales (perdón por la tautología). Por si alguien no lo recuerda, aquí en España también hemos tenido, en concreto unos uno en la provincia de Barcelona con más de 280 infectados, de los cuales 254 no habían sido vacunados. La idiotez de quienes se niegan a vacunarse no sólo les afecta a ellos, sino en este caso también a 27 personas responsables. No sé exactamente cuánta inmunidad proporciona la vacuna del sarampión, pero por ejemplo la de las paperas (bastante menos potente, todo sea dicho) ofrece un 88% de protección con lo que ese 12% de gente que estaría protegida por la inmunidad de grupo, al crearse una bolsa de irresponsables, puede acabar viéndose afectada a pesar de no haber actuado cual cretino con patas. No abundaré más aquí porque en muchos blogs o en la wikipedia se puede encontrar información de estas cosas más estructurada que la que yo pueda dar.

Para quitarme el odio de las entrañas, mi cerebro me ha aplacado recordándome un plan de vacunación a prueba de cretinos, que descubrí gracias al maravilloso curso de Introducción a la Genética y la Evolución de Mohamed Noor en Coursera. A pesar de lo mucho que me gusta lo que he estudiado, si hubiese tenido a ese hombre de profesor en el instituto muy probablemente habría acabado estudiando biología. Qué tío más salao. Pero vayamos al tema. 

El dengue es una enfermedad bastante asquerosita, de esas que transmiten nuestros amigos los mosquitos, y a la que los conquistadores y misioneros españoles llamaron fiebre quebrantahuesos. El dengue, al contrario que otras enfermedades como la varicela, el sarampión etc. tiene bastante muy mala leche una vez superada, y es que una vez vencidad y desarmada cual ejército rojo la enfermedad, no se gana inmunidad contra ella. De hecho, no sólo no inmuniza el contraerla sino que, oh fortuna teológica y geométrica, si la contraes por segunda vez (normalmente si contraes una cepa distinta, porque hay varias rondando) tienes muchas papeletas para que se desarrolle como dengue hemorrágico. Como más de uno habrá imaginado, añadir la palabra hemorrágico al nombre de una enfermedad no la hace más amable sino que en este caso la vuelve más parecida a Pérez Reverte borracho, vestido de guardia civil y con un kalashníkov en el Congreso de los Diputados. Este bichejo es bastante común, e infecta a un par de cientos de millones de personas al año, aunque por suerte es poco letal: sólo un 5% de casos son dengue hemorrágico, de los cuales aproximadamente un 1% son mortales aún contando con el tratamiento adecuado. A pesar de su baja mortalidad, más de uno se habrá podido imaginar que algo a lo que los conquistadores, esa gente que se amputaba brazos en plena batalla a mordiscos, llamase quebrantahuesos no debía ser demasiado agradable, y de hecho es bastante incapacitante, además de ser contagiosa pero asintomática durante varias semanas.
Ahora que ya el amor del público hacia el virus es clamoroso y para hacer la fiesta más llevadera, diré que no hay vacuna contra el dengue. Vítores y aplausos oigo provenientes del futuro. Gracias, gracias. ¿De dónde me he sacado entonces lo del maravilloso plan de vacunación a prueba de necios? 

Hasta hace relativamente poco, la mayoría de esfuerzos para acabar tanto con el dengue como con la malaria han ido encaminados, además de a las vacunas tradicionales, a crear mosquitos transgénicos que sean inmunes a la enfermedad o no la transmitan, algo a priori más barato que vacunar a medio planeta y pelearse con los antivacunas de turno. Estas experiencias se han chocado, además de con las dificultades típicas de cualquier investigación, con la selección natural (eso les pasa por no haber prestado atención a las clases de Mohamed Noor, claro) Para que un gen se extienda, o al menos se extienda con un mínimo de rapidez más allá de la deriva genética, el gen ha de aportar algún tipo de ventaja, sino no pasará de ser un marginal en una población enorme, algo que puede ser bueno para un moderno gafapasta pero no para un mosquito transgénico. Además, crear un mosquito inmune que a la vez sea un semental vigoréxico no es ni fácil de hacer ni de vender. A ver cómo le explicas a alguien que esos súper mosquitos que le acosan día y noche y que no mueren ni con una batería antiaérea son por su bien. En este panorama aciago entra en acción Scott O’Neill, uno de esos superhéroes frikis de los que menéame se burlaría e insultaría por estar investigando con fondos públicos algo totalmente inútil a priori, en este caso una enfermedad de los mosquitos con nombre de malo final del Zelda Ocarina of Time: Wolbachia


Nada puede hacer el dengue contra Volvagia 
porque no tiene manos con las que asir un martillo.

La wolbachia, a pesar de ser una enfermedad, es muy celosa, y además de reducir la esperanza de vida de los mosquitos lo suficiente para que no desarrollen el dengue, también acaba combatiendo patógenos -incluído el dengue- que afecten a su huésped, generalmente moscas, mosquitos y algún nematodo. Si alguien tiene que cargarse al huésped que sea ella, que para eso le ha infectado con amor y con él lo matará. A pesar de la muerte prematura, no sólo como infección es bastante leve –en algunos insectos tiene incluso una relación simbiótica con el huésped y aunque mueran pronto mientras viven están más sanos- sino que, como celosa bacteria y amante autodestructiva, modifica el comportamiento sexual. En concreto, si una hembra no está infectada, no podrá tener descendencia de un macho infectado ¿Y eso por qué?¿En qué beneficia a la transmisión de la bacteria? Fácil, la Wolbachia se transmite de madre a huevo. Todos los mosquitos que nazcan de una madre infectada, estarán infectados. Los machos pueden fertilizar tanto los huevos de hembras infectadas como las de hembras sanas, pero los huevos de las hembras no infectadas no eclosionarán a pesar de haber sido fertilizados. Así, el número potencial de crías que una hembra infectada puede tener es mucho mayor que el de una hembra sana, y cuanto más extendida esté la enfermedad mayor será la ventaja.

Para esto no sólo hubo que descubrir que la wolbachia le tiene manía al dengue, sino que como ésta no está presente de manera natural –que se sepa- en ninguna comunidad de Aedes Aegypti, el mosquito que normalmente transmite el dengue- se tuvo que inocular. Una vez probada la idea en el laboratorio, el problema era conseguir una masa crítica, ya que por desgracia la bacteria es muy difícil de transmitir, y no vale con toserles encima a los mosquitos. 

Claro que no hay problema en el mundo de la investigación que no se arregle con becarios, así que O'Neill puso manos a la obra a un pobre chaval para que inyectase huevo por huevo con una jeringuilla diminuta todos los milimétricos huevos de mosquito que cayesen en sus manos. 500 al día, unos 18 000 mosquitos por suelta hasta alcanzar la masa crítica de aproximadamente un 30% de los mosquitos de una región australiana, momento a partir del cual la naturaleza siguió su curso y nuestro dragón de fuego se expandió por Queensland aniquilando a su paso la enfermedad. En realidad sólo fue en una región pequeña del norte de Queensland, pero me apetecía darle un tono épico.


Esto pero con mosquitos

Pero con un sistema así, en vez de convencer a descerebrados para que se vacunen por su bien y por el de los demás, sólo necesitamos un ejército de becarios con agujas y microscopios para que infecten huevos de mosquito allende los mares y que una bacteria de nombre molón haga el resto del trabajo por nosotros. Todo son ventajas. Siempre quedará la posibilidad de que un grupo de antivacunas hagan fiestas donde se dejen picar por mosquitos con dengue que ellos mismos críen para así no debilitar su sistema inmune, pero como decía al principio, la estupidez humana es inescrutable, infinita, procelosa y eterna.

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