lunes, noviembre 22, 2010

Esclavos de la carne

Entrevisté a XXX poco después del amanecer. Era la primera entrevista que hacía en ese refugio, y todavía no sabía qué encontraría. No sabía que iba a encontrar historias espeluznantes de degradación humana, personas sin ninguna autoestima intentando salir del pozo de haber sido consideradas objetos, meros cuerpos al servicio de decenas de personas anónimas que apenas prestaban atención a sus condiciones, a sus sueños y ambiciones, a algo que no fuera la carcasa mortal de sus almas.

XXX tenía unos ojos negros y profundos, grandes, expresivos pero carentes de la alegría propia de alguien de su edad. Apenas tendría veintitantos, no quiso decir su edad o no la sabía, pero llevaba vendiendo su cuerpo desde los 14 ó 15. Su piel, ligeramente más morena de lo habitual, motivo en más de una ocasión de burla y discriminación en Asia, estaba ligeramente cuarteada, reflejo del infierno por el que había pasado.
Intenté hablar un rato de cosas banales, no quería sacar el tema directamente. Estaba seguro de que no soportaría una conversación directa. Me equivoqué. Comenzó a hablar de las condiciones deplorables en las que su cuerpo era vendido; entre condescendencia y desprecio.

A primera hora tenía que vestirme y elegir algo que llamase la atención de los clientes, algo que transmitiese seguridad y que iba a prestarles un buen servicio. Muchos de los clientes me miraban con desprecio, algunos también con pena. Muchas veces, como había tanta competencia, tenías que hacer lo necesario para llamar su atención, hacerlo más barato que el resto. Muchos apenas te miraban, sólo te usaban y, una vez satisfechos, te pagaban lo que querían. Muchas veces menos de lo acordado, pero no te podías quejar.
A veces, cuando querían algo especial, te preguntaban para ver qué servicios sabías ofrecer. Te registraban con los ojos de arriba a abajo, como si fueses un trozo de carne. Te tocaban los brazos, valoraban tu pecho, tu espalda. La mayoría no nos querían con demasiado peso. Tampoco con demasiado poco. Algunos te trataban bien, pero para ellos no éramos más que ganado


Quizás su historia me impactó más que la del resto por ser la primera. Nunca había oído de labios de nadie que hubiese pasado todo aquello historias tan espeluznantes. Aunque me doliese, oí muchas más durante el día. Jornadas de más de 12 horas sin apenas pausas, en lugares llenos de polvo, grasa, cucarachas o ratas. Días de quedarse sin cobrar por haber cometido errores de los que no eran conscientes. Días de hambre y llanto. En el mejor de los casos, si tenían suerte y complacían a los clientes, podían ganar verdaderas pequeñas fortunas. Si tenían suficiente habilidad y estrella, acababan en pequeños puestos de gestión o incluso por su cuenta.

Hay gente que piensa que con una leyes mejores se podría evitar este drama humano. De lo que no se dan cuenta es de que el verdadero problema es que se puede comprar esos cuerpos como si no fuesen más que piezas de carne con, en el mejor de los casos, alguna que otra habilidad. La verdadera catástrofe es que las personas sean valoradas sólo por ser unos cuerpos humanos, carrocería de una vida que no se valora.

Abandoné el lugar sin poder asimilar todo lo que había visto ese día. Siempre recordaré la lágrima que caía por la mejilla de XXX la última vez que lo vi, mientras sollozaba:

A nadie le importa que yo también sangre cuando me pinchan, que sufra, que la soledad me duela. Sólo les importan sus malditos beneficios.


Ya no eran personas, ahora eran albañiles. Su sudor ya no era el de un humano, sino el de una máquina de músculos y huesos. El drama continúa en cada obra de cada ciudad, ahora paradas por una crisis que ha hecho que estas personas con sus sueños y amores se vean unos a otros como enemigos, competidores por unas míseras migajas del desarrollo. Personas que empezaron a trabajar mucho antes que muchos de nosotros, en muchos casos por el miedo a la pobreza, por tener un plato de comida caliente en sus mesas para cenar; que han vendido su cuerpo, su fuerza y su juventud para que nuestra sociedad pueda continuar funcionando. En muchas ocasiones esta gente no tenía otra opción que ser albañiles; vienen de familias pobres y fueron forzados a la obra por sus padres o parientes cercanos, a veces camelados por los cantos de sirena de un amigo que les ofreció un buen trabajo en la ciudad. Ahora sólo luchan por sobrevivir, ya no como personas, sino como meros cuerpos humanos al servicio de gente a la que no conocen, que no les valora por su comprensión de Derrida y Lacan sino por los sacos que puedan cargar. Son los esclavos del mundo moderno. Son albañiles, sí, pero ante todo son personas.

Vorn Viva, otro tipo al que contratan sin tener en cuenta sus conocimientos sobre Kant.
Al pobrecico sólo se le valora por cómo usa su cuerpo: Un trozo de carne

Prohibido plagiar o hacer obras derivadas sin permiso. Prohibida su distribución comercial (¿realmente alguien podría sacar dinero de esto?) sin permiso.
I'm myself and I approve this message.