martes, enero 10, 2006

Frizer tiene frio en la nevera.

Hacía tiempo que no hacía una historia patética, pero gracias a Mr. biorritmos cambiados podría hacer una y mil más (que tampoco es que tenga mérito hacer churros así, pero en algo hay que matar el tiempo).

¡¡APLAUSOS!!

Su linaje no era el mismo, ¡¿como alguien, y menos ese patán podía dudar acaso de ello?!. Solo con verlos era obvio que aquel pretencioso mastuerzo recién salido de algún campo de berzas no podía siquiera exigirle que abonara lo que por derecho era suyo.


-Escucha villano (de villa), pueblerino infame, ni mi linaje ni yo mismo tenemos porque darte nada. En todo caso tu dar las gracias porque tus pares, y los padres de tus padres trabajaron en las tierras que mi familia siempre tuvo.


-Señor -Repuso con fingida calma el villano- no se si mis padres, mis abuelos o los que los parieron dependieron alguna vez de alguien de su noble -y pensó que también patética y asquerosa, pero no lo dijo- estirpe, le estoy muy agradecido, pero ahora le rogaría que me pagara lo que tiene entre manos. -tras decir esto esbozó la más cálida sonrisa que las circunstancias le permitían y se quedó con la mirada fija en el cliente.


Con una mueca de desaprobación el pálido hombrecillo, escuálido y al que se le marcaban las venas ligeramente azuladas de la cara mantuvo su postura firme, haciendo para ello una muestra de desprecio alzando su cuello de forma que la nuez se vislumbró a través de su traje de seda de sastre. Cuando creyó bien clara su desaprobación hizo ademán de marcharse. Ademán que fue interrumpido de nuevo por la voz del cobrador.

-Vamos a ver, señor, ¿Qué parte de “Ha de pagarme trescientos veintitrés euros con cincuenta céntimos” no ha comprendido? ¿Tiene usted cuenta aquí o algo similar?-Al ver que el comprador, en opinión del tendero muy listo o terriblemente idiota continuaba su camino, se levantó de la silla de caja y se plantó ante la puerta. –Usted no sale de aquí sin pagar el maldito hígado ni su bote de genocidio de esturiones o sin dejarlos de nuevo en su sitio.- dijo claramente más molesto pero sin alzar la voz en demasía. La cara del noble hombre comenzó a enrojecer y sus marcadas venas azuladas se marcaron ligeramente…

-¡¡Escoria, basura, asqueroso plebeyo!! ¡Mi sangre es pura, no como la tuya! ¡Mi sangre está limpia y no mezclada con el ganado y el arroz! ¡Mi sangre no está manchada por parientes submongólicos y analfabetos criados en cuadras! ¡MI SANGRE NO ESTÁ CONTAMINADA POR LA PROSTITUCIÓN! ¡MI SANGRE…! –La monserga a voces se interrumpió con un perfecto puñetazo en el estómago y un cabezazo en la nariz, y con un dependiente por los suelos cayendo junto a un escuálido noble luchando por atrapar los productos que trataba de hurtar el alborotador. Nada se rompió. Rápidamente se puso de pie, lentamente fue y volvió a la caja donde dejo los dos productos, y mirando al quejoso noble ya con menos rabia y con un corazón que comenzaba a ralentizar su ritmo le dijo de nuevo en el amable tono de vendedor antes empleado: -Usted, señor o señora, tendrá la sangre de animal o de persona, y la mia será si quiere extraterrestre, pero como vuelva a insultar a un solo miembro de mi familia su cuerpo servirá como carne de menudillos para los próximos clientes, y con suerte su sangre sirva para hacerme una morcilla o dos, aunque no creo que lo que tenga usted en las cenas sea sangre. Dicho eso volvió a la caja, puso las piernas cruzadas sobre la cinta y recuperó la lectura de un libro de tapas gruesas que ocultaba una magnífica revista pornográfica.

El conde-duque de los condados ducales salió de la tienda medio tambaleándose y con mayor dolor de cabeza del que antes había tenido. Algo le corría por el labio. Palpó, miró la mano y vio su sangre. No era azul. ¿Cómo podía su sangre no ser azul? De pronto en un ata que de tos comenzó a espurrear sangre sobre su mano. ¿Qué significaba aquello? Dio media vuelta decidido a volver a la tienda cuando calló, y en medio de la calle desierta frente a una tienda de productos supuestamente selectos de un asqueroso poblacho de patanes y haraganes que jamás tendrían su linaje, comenzó una serie de convulsiones que le impidieron saber lo que pasó después.

Murió de leucemia.

A su funeral no acudieron ni sus acólitos, ni sus sirvientes ni sus herederos por carecer de ellos. Solo el sacerdote pagado por su seguro de deceso, dos periodistas del corazón ávidos de noticias y el fantasma de la espina bífida de su madre y la leucemia de su padre, hermanos y primos a la vez el uno del otro, con la misma sangre podrida.

Podrida, pero noble. Casi se podría decir, que por sus venas solo corría sangre real sin ser rey.

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